René se acomodaba el pelo frente al espejo en el bajo en Buen Suceso. Andaba corto de tiempo, pues el ritual de aseo personal y del hogar lo había hecho con particular cuidado: la chica del gimnasio había accedido a su invitación a salir, pero con qué descaro lo había hecho!

En el gimnasio la había visto dos o tres veces, mirando con discreción, pero buscando la oportunidad de entrar en la burbuja que se esconden las chicas guapas, porque están cansadas de que todo mundo se las quiera ligar. Parecía una tarea imposible: siempre llevaba audífonos, y se sumía en la más profunda de las concentraciones al ejercitar su cuerpo, no podía ser más indiferente a cualquier hombre que se le acercara.

Pero el día en que la vio colocarse en el squat rack, ese día nunca se le olvidará. René estaba pretendiendo hacer abdominales sobre una pelota medicinal, la chica se puso la barra en los hombros, bajó ass to the grass, como lo hacen todas las chicas voluptuosas, y pum! Los pants de yoga cedieron ante tremendo culo, exponiendo un melocotón hermoso y una tanga roja para llevarlo a uno al cielo.

Pero su excitación pronto se convirtió en alarma: ante el desconcierto de sentir sus pants explotar en el fondo de la sentadilla, la chica perdió la concentración y el balance, y no lograba salir del apuro. René se incorporó como un resorte y corrió a ayudarla. Con la fuerza de la adrenalina levantó la barrá como si no pesara, y la colocó en el rack.

—“Ay papi, eres un amor, gracias” —“No es nada, pero mira cómo quedaron tus pants! Querrás cambiarte me imagino, anda al vestidor!”—contestó riendo. —“Ay papi, es que me ducho en casa y no traigo cambio de ropa, no sé qué voy a hacer”. —“Uy yo estoy en las mismas, pero se me ocurre una idea, yo iba a nadar y traigo un bañador de lycra como short, seguro te sirven para regresar a casa”. —“Ay papi eres un divino, no sabes cómo te lo agradezco, nos vemos en el vestidor y me prestas el bañador? Pero que vergüenza si ni te he preguntado tu nombre!”. —“El mío es René,y tú cómo te llamas?” —“Me llamo Angela. Ay René”, le dijo poniéndole la mano en le hombro por hábito de seducción, “me salvaste”, casi susurró.

René notó la firmeza de sus intenciones.

Se vieron afuera del vestidor para prestar la prenda, y charlaron un poquito, intercambiándose teléfonos para devolverla. El intercambio resultó en un algunos chats de whatsapp que se tornaron fogosos, y habían quedado de tomar una copa en la terraza, con planes implícitos de volver a casa luego.

René se terminó de arreglar, salió del bajo, y lamentó no haber instalado el keypad para la puerta, eso la hubiera impresionado. En su lugar, ahora se encontraba intentando que el brazo del candado entrara en el hoyo, pensando que ojalá no fuera una premonición de lo que pasaría más tarde, con unas copitas demás.

Bajó por Princesa para ganar tiempo, la cita era cerca de Plaza Mayor, en un barecito acogedor. En el camino le rugieron las tripas, “si no como ahora” pensó, “no voy a tener estamina para aguantar las copas y la noche”, razonó, y se metió al takos para pedir una orden de pastor. Comió apresuradamente, y casi corrió a la cita.

Angela ya estaba sentada cuando llegó. Se levantó para darle un cariñoso abrazo y René se maravilló del recibimiento, sin olvidar pedir disculpas por llegar tarde. Se sentaron y pidieron una copa de vino.

—“ay perdón, no sabes que habría traía ya”, dijo René, “y no pude evitar comerme unos taquitos al pastor”. —“taquitos al pastor papi?” —“son como kebabs con tortilla chiquita”, dijo queriendo atajar el asunto, no había tiempo que perder, había que encender las brasas de ese fuego que comenzó en el whatsapp.

—“Ángela, te ves preciosa, nunca he visto una minifalda tan corta y tan elegante. Ojalá también yo pudiera usar tacones, así podría darle un descanso a mis gemelos, creo que voy a aguantar poco de puntitas”, dijo René riendo, bajando a su estatura natural, revelando que ella era más alta con los tacones puestos.

—“Jajaja papi me gustas por gracioso, al rato te los presto y me haces una caminata de pasarela con tus shorts que traigo en la bolsa”. —“No no no, eso no lo hago si no es con mi lencería especial”, ambos rieron a carcajadas, y el rabillo del ojo de Ángela revelaba una atención a sus labios.

René no quiso perder el tiempo. Quería un beso, sin duda. La tomó de la cintura y se la pegó al cuerpo, recorriendo con su aliento el cuello, el mentón, finalmente subiendo hasta su boca. Pero ella se apartó súbitamente: “Ay papi perdona es que no puedo…”.

—“Pero qué pasa Angela, hay alguien? Por eso no te preocupes…” —“No no no, es algo que parece tonto, pero es importante” —“Hmmm no siempre has sido mujer?” —“Jajaja”, simuló con voz ronca, propinándole un manotazo juguetón.

No sólo era bella y alivianada, tenía sentido del humor!

“Ay papi voy a tener que ponerme seria. Es que soy muy alérgica al cilantro. Es como el cacahuate para algunas personas, si ingiero una molécula de cilantrinium, me hincho como una pelota y voy directo al hospital.”

“Bueno, pero eso qué tiene que ver? Yo también soy alérgico a algunas cosas, una vez me picó una abeja y…”

“Papi, los tacos al pastor llevan cilantro?”

“Ahhhh, sí, normalmente llevan cilantro, pero como dan mal aliento, los pedi naturales para verte”, mintió René.

Angela hizo una cara como de lástima. Le acarició la mano. “Estás seguro que no llevaban cilantro?”. René hizo un hoyito entre su pulgar y su dedo índice y le dio un beso, jurando que “por esta” los había pedido sin cilantro.

Tomando la mano de René, se levantó, y lo llevó al espejo del vestidor del baño. René vio su pelo: estaba impecable. Su ropa: impecable, Su rostro: impecable, pero le faltaba un diente. Qué!? Se acercó al espejo, no le faltaba, estaba cubierto por una gran hoja de cilantro, que apresuradamente se limpió con un pañuelo.

“Papi, no tengo nada en contra del cilantro, lo hubiéramos podido resolver con un enjuague bucal que traigo, pero si tengo algo en contra de los mentirosos. Todos lo hombres mienten, pensé que tú eras diferente pero ya veo que me equivoqué”.

“No no no Ángela espera, yo no soy de esos, te lo iba a confesar más adelante pero no quería amargar el momento, la estábamos pasando tan bien”. Ángela hizo un gesto de sufrimiento, pues también se había emocionado con la posibilidad un tórrido y apasionado romance. Se dio la vuelta y se marchó moviendo las caderas seductoramente, pues no tenía otro caminar. Hasta encabronada era irresistiblemente seductora.

“Pues que sepas que prefiero el cilantro que a cualquier mujer!”, le increpó, pero ella ni volteó. Estaba a punto de gritar otra cosa cuando sintió algo vibrar dentro de la bolsa donde había devuelto los shorts: un buttplug rosita con el que se hubieran divertido en un par de horas.

Maldito cilantro.